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10月17日 Tormenta de alta marSucede que a veces las cosas se precipitan. De golpe se desata un torbellino en tu vida y de una casualidad pequeña surge una cascada de acontecimientos. Y tú, como conductor ebrio, andas dando volantazos. Cambiando sentimientos, ilusiones, desengaños, en cuestión de horas. Porque de pronto todo pasa muy rápido. Es como si algún duendecillo cabrón te hubiera querido meter en una situación límite.
Y las decisiones comienzan a ser importantes. Pero todo es tan inestable... Sucede que cada amanecer trae unos vientos. Y cada noche una nueva marea alta. Cada cambio de luna tu futuro se transforma. Y te visitan sensaciones extremas; euforias, depresiones, desencantos, esperanzas. Sientes ser un galeón mecido por las olas de una tormenta en la alta mar.
Aun así, estos días no se pierde el control. Quizá si se tengan descuidos, pero un descuido es una decisión que la vida toma por tí. Siempre somos nosotros los que llevamos el timón. Y quizá en este vértigo de sabernos responsables de nuestra dirección esté la gracia. Porque nosotros seremos los que marquemos el rumbo, hacia el este, hacia el norte o hacia el sur. Seremos los responsables de que no se hunda nuestro galeón, para que cuando acabe la tormenta, las gaviotas nos indiquen donde desembarcar.
Pero ocurre que en las tormentas hay factores imprevistos. Sucede que la lluvia nos desorienta. Que las nubes y los rayos oscurecen las estrellas, y el norte pasa a ser una intuición. Es entonces cuando, agobiados por la tormenta, tenemos que escuchar al viento. El viento tiene que llevarnos. Debemos confiar en él. Es él quien impulsa nuestras velas, él que nos tiene que sacar de aquí. Ya decidiremos más adelante, según donde nos lleve, si queremos ser piratas de costa o de alta mar. Si queremos ir al norte o si preferimos desembarcar en el sur.
Cuando el viento nos saque de la tormenta, podremos estudiar el rumbo. A veces las tormentas nos hacen dar rodeos. Pero ya llegará una nueva calma, ya cambiará el viento. Volverán las noches claras en las que veamos perfectas las estrellas. Volverán los amaneceres a señalarnos el este. Las aguas estaran tranquilas, los ríos volverán a sus cauces. Y nosotros añoraremos el vértigo de no saber hacia donde orientarse. La sensación de que la tormenta puede traer un mal irreparable. De que nos puede llevar a mares muy alejados de los que pretendíamos llegar cuando emprendimos el viaje.
Tomás
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