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5月22日 El miedoDesde que tengo conciencia de mi, siempre supe vencer todos mis miedos. No tardé mucho en descubrir que el coco no era más que un bofetón de mamá, si acaso. Comprobé que los monstruos (que según creencia extendida entre los niños, viven bajo de la cama) eran "solo" pelusas deformes, sin mayor vacilación, cuando debía tener 4 años. Hoy sé que nadie, a la mañana siguiente, creyó mi hazaña en el parvulario. En el fondo, de niños, nos gusta creer en los miedos.
No es que yo fuera un niño sin miedos, tenerlos los tenía. Temía mucho los fantasmas y espiritus que decían que vivían en una vieja casa de campo. Tanto me habían relatado acerca de personas enloquecidas y crimenes sangrientos, que tuve que montarme una expedición. Fuí, dispuesto a ser horrorizado por seres ultraterrenos y malvados, por sentir escalofrios etéreos navegando en mi piel. Con temblor de voz y de manos, me despedí en el umbral de la casa de mis acompañantes. Nadie se quiso enfrentar a su miedo antes que yo. Ni aun después.
Fueron pasando los años, y los miedos vencidos fueron abriendo camino a otros miedos. Temí, por ejemplo, ser rechazado por mis iguales.
Vencí ese miedo pensando que quizá pudiera ser yo quién les rechazara a ellos. Le tuve miedo a las drogas, le tuve miedo a la velocidad.
Me metieron miedo los poetas que hacen del amor algo trágico. Tuve miedo de perder las cosas que creo poseer hasta que supe que ese miedo era lo que hacía que me poseyeran a mí.
Fui venciendo, en una pacífica lucha interior, miedo tras miedo. Tantos y tan variados superé, que empecé a cojerle el gusto a eso de temer. Y sobretodo a la certidumbre de mi victoria sobre el miedo. Llegué a dedicar mi curiosidad en investigar cosas que me atemorizaran, para luego reirme absurdamente de mi temor.
Me llegué a creer una especie de paladín anti-cobardías. Triunfador siempre ante los temores.
Y en eso que me encontré un miedo que no sé superar, de absurdo, de tonto, de vanal. Me pongo delante de un folio en blanco y me da miedo no tener nada que contar. No se cómo enfrentarlo, no se que he de hacer para detener esta angustia existencial. He aprendido de este miedo, que los miedos, si no se superan, no te dejan nunca de torturar. Ya muy tarde, aturdido por este temor infernal, he descubierto que es éste miedo, y no ninguno de los demás, el que hasta mi muerte me va a acompañar. Asustado por el vacío que yo mismo puedo rellenar.
Me da miedo sentarme delante de un folio y no saber que contar.
Tomas
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